Mostrando entradas con la etiqueta geopolitica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta geopolitica. Mostrar todas las entradas

Lo que Obama podría aprender de Karzai


Asia Times Online

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

Si miramos en retrospectiva, el Presidente de EEUU Barack Obama le hizo un gran favor al Presidente afgano Hamid Karzai cuando le excluyó del círculo encantado de peces gordos y mandamases con influencias en la nueva administración en Washington. Obama fue inusitadamente rudo con Karzai al no conversar con él durante semanas ni siquiera por teléfono una vez jurado su cargo, aunque Afganistán era y es la prioridad número uno de la política exterior de su presidencia.

El Vicepresidente Joseph Biden viajó a Kabul para hacer saber a Karzai que se había convertido en un ángel caído y a menos que cambiara de modos y maneras, y que lo hiciera pronto, EEUU prescindiría de él de una vez por todas. Biden le hizo saber de forma brutal que al ser un sucedáneo que EEUU había instalado en el poder, igual de fácil iba a ser arrebatarle la gracia.

El hombre astuto que es Jaap de Hoop Schafer, el secretario general de la Organización del Tratado del Atlántico, que siempre tiene el ojo y el oído puestos en Washington, se puso a trabajar con prontitud regañando severamente a Karzai en un editorial de opinión publicado en el Washington Post, como si el dirigente afgano fuera un mero vasallo de la alianza occidental. Fue una atroz ruptura del protocolo, como Schaffer, en otra época ministro de asuntos exteriores, debería haber comprendido.

Pero Karzai se ha reído el último mientras viaja a Washington desde Kabul para celebrar el miércoles [6 de mayo] una “intensa” cumbre trilateral con Obama y el Presidente pakistaní Asif Ali Zardari. Schaffer, Biden y Obama tienen todos, en efecto, algo amargo que tragar esta semana. Karzai seguirá estando por los alrededores otros cinco años. El mensaje que llega de Kabul es que, a partir de estos momentos, es casi seguro que Karzai gane las elecciones presidenciales afganas del 20 de agosto.

El no va más de las ironías es que, probablemente, lo que está ayudando a Karzai más que ninguna otra cosa a conseguir su reelección es que políticos occidentales como Schaffer y Biden le desprecien y se distancien ostensiblemente de él. Sin el oprobio de su compañía, los hados políticos de Karzai empezaron a mejorar. De inmediato empezó a ganar una nueva credibilidad –incluso respetabilidad- a los ojos afganos. O una especie de honra.

Sherzai abraza al hijo pequeño de Karzai

El lunes pasado, Karzai registró formalmente su candidatura para las elecciones presidenciales. Sus candidatos para la vicepresidencia serán dos incondicionales de la antigua Alianza del Norte anti-talibán, Muhammad Fahim Qasim, de Panjshir, y Muhammad Karim Khalili, de Hazarajat. No hay duda de que son los candidatos ideales. Fahim aporta en buena medida el apoyo tayico, mientras Khalili es el incuestionable líder de los chiíes hazaras de Bamiyan.

Karzai es el orgulloso heredero de una poderosa tribu pastún. Parece probable que la candidatura Karzai-Fahim-Khalili pueda también estar disfrutando de un entendimiento simultáneo con el hombre fuerte uzbeco Abdul Rashid Dostum y el comandante hazara Mohammed Mohaqia, del norte de Afganistán.

La candidatura supone varias implicaciones. Es multiétnica, multicultural e interregional. En segundo lugar, tiene el potencial necesario para reunir a los muyahaidines. Tanto Fahim como Khalili fueron destacados líderes muyahaidines. Tienen toda una serie de contactos con los dirigentes muyahaidines que todavía constituyen una circunscripción importante.

En tercer lugar, su acérrima oposición a los talibanes es demasiado bien conocida como para tener que reiterarla. Su presencia en los escalones más altos de la estructura de poder pondrá de manifiesto la necesidad imperativa de un gobierno integrador y de amplia base como parte de cualquier acuerdo con los talibanes.

En cuarto lugar, Fahim y Khalili son realmente “hijos de la tierra”. Puede que carezcan del arte en el vestir, el inglés fluido, la urbanidad y el garbo diplomático de Karzai, pero se han destacado en las intrincadas montañas del Hindu Kush a lo largo de treinta años de guerra civil. Además, aportan algo de lo que carece Karzai. Ambos son experimentados comandantes con numerosos seguidores y pueden contribuir de forma importante a la “afganización” de la guerra. Fahim dirigió también las actividades de inteligencia de la shura [*] del norte bajo el mando de Ahmed Shah Massoud.

Además, Karzai tiene en Fahim un candidato que es conocido de los rusos y en Khalili un alto dirigente que disfrutaba del respeto y apoyo de los iraníes. Pero, sobre todo, con la elección de Fahim y Khalili, Karzai tiene virtualmente asegurado que no va a haber ninguna oposición unificada capaz de presentar un desafío coherente a su candidatura.

Cómo Karzai ha logrado maniobrar hasta conseguir una posición fuerte ofrece algunas lecciones saludables sobre la política afgana. En esencia, se ha pasado las últimas semanas metido en negociaciones confidenciales –al estilo afgano- haciendo tratos con los adversarios de otro tiempo, comprometiendo o canjeando influencias y poder con dirigentes políticos. El punto culminante se alcanzó el sábado cuando Gul Agha Sherzai, el popular gobernador de Nangarhar, que era ampliamente considerado como el favorito de Obama y del que se esperaba que anunciara su candidatura esta semana, fue a reunirse con Karzai en el palacio presidencial en Kabul.

Los dos dirigentes pastunes mantuvieron conversaciones secretas durante cuatro horas, tras las cuales Sherzai apareció con una joya de declaración. Dijo a los medios: “He visitado al presidente y abrazado a su hijo pequeño y he decidido retirar mi candidatura. No voy a ponerme al frente de ninguna alianza de oposición ni a anunciar mi candidatura para las elecciones presidenciales”.

Sherzai no dijo ni una palabra más sobre su repentino cambio de sentimientos. Secreto total. Ni que decir tiene que un trato no se comparte en Afganistán. En su lugar, en una asombrosa muestra de total indiferencia ante todo poder, Sherzai dijo que también dimitiría como gobernador. Tras lo cual, el portavoz presidencial en Kabul apareció con un comunicado: “El presidente de Afganistán ha valorado mucho el anuncio de Gul Agha Sherzai de no presentarse a las elecciones presidenciales y lo considera como un paso positivo en aras al gobierno y unidad del pueblo de Afganistán”.

Añadió: “Hamid Karzai considera a Gul Agha Serzhai un magnífico gobernador, un tenaz trabajador y un buen asesor y se niega a aceptar su dimisión. La confusión que siguió al cambio de sentimientos de Sherzai ha obligado volver a pensar en los otros potenciales contendientes en las elecciones del 20 de agosto, entre los que se incluyen Zalmay Khalilzad, ex embajador estadounidense en Afganistán, que es visto popularmente por los afganos como el “candidato estadounidense”; Ashraf Ghani, otro veterano contendiente que vive en EEUU, que fue también ex ministro de hacienda; Ali Jalali, ex ministro del interior; y el Dr. Abdullah, el atildado ex ministro de exteriores que solía ser asesor de Massoud.

No hace falta ser muy ingenuo para comprender que Karzai ha conseguido para su candidatura un sólido eje de dos poderosas tribus pastunes de las regiones de Kandahar y Nangarhar, el corazón del nacionalismo pastún.

La experiencia afgana con la democracia le ofrece a Obama una buena lección: es mejor mantener una distancia discreta y dejar que los afganos se las arreglen entre ellos para compartir el poder como ellos deseen de acuerdo con su propio espíritu y tradiciones. Posiblemente, a diferencia de 2001 cuando le endilgaron a Karzai a Afganistán como opción estadounidense, o en 2004, cuando EEUU coreografió y después organizó y amañó una elección para catapultarle hacia el palacio presencial como dirigente “democráticamente elegido” del pueblo afgano, esta vez, si consigue ganar un mandato en las elecciones del 20 de agosto únicamente por sus propios esfuerzos, disfrutará de un grado de legitimidad, en la percepción afgana, de la que Obama nunca habría soñado en ganar para él. Podría decirse que se ha licenciado en la liga del Primer Ministro de Iraq Nuri al-Maliki.

Sin embargo, Obama tiene un largo camino por delante para imbuirse de las lecciones de la democracia en el Hindu Kush, que tiene una feroz historia de independencia, como se puso en evidencia en su conferencia de prensa del pasado miércoles cuando reprendió públicamente al gobierno elegido en Pakistán.

Obama dijo: “Estoy muy preocupado por la situación en Pakistán, no porque piense que vaya a haber una invasión inmediata y los talibanes vayan a adueñarse de Pakistán. Estoy más preocupado porque el gobierno civil es ahora muy frágil allí y no parece tener capacidad para proporcionar los servicios básicos: educación, sanidad, imperio de la ley, un sistema judicial que funcione para la mayoría del pueblo. Como consecuencia, es muy difícil para ellos (el gobierno) ganarse el apoyo y la lealtad del pueblo”.

Obama procedió después a aplaudir al ejército pakistaní en comparación con el gobierno civil. Los funcionarios estadounidenses muy bien situados han empezado desde entonces a filtrar a la prensa una serie de informes de que la administración Obama está “extendiéndole la mano más directamente que antes a Nawaf Sharif [dirigente de la oposición pakistaní], el principal rival de Asif Ali Zardari”. Los informes (que tienen un toque holbrookeano [**] afirman más aún que Washington y Londres han estado manteniendo consultas acerca de Sharif pero que “no se llegó a ninguna conclusión… La idea aquí es vincular la popularidad e Sharif a las cosas que nosotros [EEUU] pensamos que es necesario hacer, como contactar con la insurgencia”.

Pero esos altos funcionarios sin rostro en Washington no parecen preocuparse de que si en la actualidad la popularidad de Sharif está fácilmente por encima del 83% entre el pueblo pakistaní, es precisamente porque se le considera –acertada o equivocadamente- como un político acreditado porque tiene coraje para echarle la bronca a los estadounidenses. El diario Nation del establishment de Lahore comentó ácidamente que las filtraciones de los funcionarios estadounidenses equivalían “probablemente a un beso de muerte para Mian Nawaz, como el refrendo de que Washington reduciría la imagen pública de cualquier dirigente político en Pakistán”. Pregunten a Karzai si eso no es en efecto así.

Cierto, en cuanto Biden se largó de Kabul, Karzai presentó una figura lamentable en el bazar de Kabul. Despojado de todo apoyo importante estadounidense, fue ganando terreno la impresión de que los días de Karzai estaban contados, especialmente en cuanto la supuesta comunidad internacional (léase capitales occidentales) siga los consejos de Washington y añada con prontitud su propia voz para culparle por todo lo que ha ido tan horriblemente mal en la guerra afgana. Si pudiera ponerse un indicador del cambio total de la fortuna política de Karzai, podría fijarse la fecha del 20 de enero, cuando Obama ignoró a Karzai e invitó a otros cuatro políticos afganos a asistir a su toma de posesión en Washington.

Esos cuatro afganos incluían a Sherzai y Abdullah, que figuraban como los candidatos presidenciales hasta el pasado sábado cuando Sherzai –el señor de la guerra en otro tiempo contaminado por la droga que parece un rechoncho rey feudal y que una vez disfrutó de una estrecha relación con los Servicios de Inter-Inteligencia de Pakistán- viajó a Kabul, abrazó al hijo de dos años de Karzai y decidió que, sencillamente, no merecía la pena presentarse como candidato a una elección contra el padre del muchachito.

N. de la T.:

[*] Shura: término árabe que significa el método por el que las tribus árabes pre-islámicas elegían a sus líderes y adoptaban decisiones importantes.

[**] Richard Holbrooke, representante especial para Afganistán de la administración Obama

El Embajador M K Bhadrakumar fue diplomático de carrera del Servicio Exterior de la India. Entre los puestos desempeñados figuran los ejercidos en la Unión Soviética, Corea del Sur, Shri Lanza, Alemania, Afganistán, Pakistán, Uzbekistán, Kuwait y Turquía.

Enlace con texto original:

http://www.atimes.com/atimes/South_Asia/KE06Df03.html


¿El fin del imperio norteamericano?

Mark Engler
No hace mucho, el entusiasmo por el imperialismo norteamericano alcanzó niveles no vistos en un siglo. “La gente está saliendo del closet con la palabra ‘imperio’”, dijo el columnista de derecha Charles Krauthammer a The New York Times a principios de 2002. Los neoconservadores estaban en alza en Washington, y sus principales propagandistas no se mordían la lengua para promover el expansionismo agresivo.

Por ejemplo, Max Boot, editor de The Wall Street Journal, discrepó de la creencia de Pat Buchanan de que Estados Unidos debía ser una “república, no un imperio”.

“Este análisis es exactamente lo contrario”, escribió Boot. “El ataque del 11 de septiembre fue el resultado de insuficientes participación e ambición por parte de Estados Unidos; la solución es ser más expansivo en nuestras metas y más enérgico en su implementación”. Agregó que las tierras de hoy con problemas piden el tipo de administración extranjera iluminada que en otros tiempos suministraron los confiados ingleses en pantalones de montar y salacot”.
Es difícil creer que tales sentimientos, símbolos del primer período de George W, Bush, fueran rasgos de nuestra historia muy reciente. El debate del cual fueron parte ahora parece muy extraño y ajeno. Desde entonces, el mundo ha experimentado una ocupación catastrófica en Irak y los electores han expulsado a la vanguardia republicana de la “Guerra al Terror”. Los manifiestos defensores del imperialismo han encontrado buenas razones para esconderse en sus armarios

Y eso, por supuesto, para no mencionar el estallido de la burbuja de la vivienda, la caída de Lehman y el fin de la era de los fondos de riesgo. Con el aumento del desempleo y el bochorno de Wall Street hemos entrado en un período de descenso económico lo suficientemente agudo como para plantear serias preguntas acerca de la viabilidad del poder de EEUU. El tema importante de hoy es: ¿cómo afectará la crisis económica el papel de nuestro país en el mundo? O dicho de manera más clara: ¿Se enfrenta el imperio de EEUU a su fin?

La respuesta implica algo más que simples detalles acerca de la semántica de la dominación norteamericana. En conjunto, las consecuencias de la arrogancia imperial de la administración Bush y el descrédito del fundamentalismo del mercado desregulado que prosperó bajo Bill Clinton han abierto nuevas posibilidades para reconformar el orden global en los años de Obama.

¿Estirarse más allá del límite?
La teoría de la decadencia imperial que se ha convertido en la norma en las últimas dos décadas se conoce como “sobrextenderse”. El historiador Paul Kennedy hizo famoso el término en su libro de 1988 Surgimiento y caída de las grandes potencias. Kennedy argumentaba que, históricamente, las potencias mundiales dominantes se condenaban a sí mismas al lanzarse a aventuras en el exterior que agotaban su fuerza y forzaban sus finanzas. Su análisis, con su implicación de que Estados Unidos bien podía seguir el patrón de imperios anteriores, demostró ser influyente. El término “sobrextensión imperial” pronto se convirtió en algo aceptado en las principales discusiones políticas.
Por esa época, los conservadores norteamericanos echaban chispas. Argumentaban que el profesor nacido en Gran Bretaña era un ave de mal agüero que no apreciaba el poder sin paralelo de Estados Unidos. Cuando la Unión Soviética colapsó y la economía norteamericana despegó en la década de 1990, consideraron que los hechos les habían dado la razón. Sin embargo, parece que Kennedy será el último en reír.

Actualmente el gasto de la postura militar global de EEUU es más impresionante que nunca. Hasta bajo el Presidente Obama --cuya administración ha propuesto recortar unos pocos y costosos sistemas anticuados de armamento--, Estados Unidos gastará más de $500 billones de dólares al año para financiar sus fuerzas armadas y mantener su “Baseworld” (Mundo de Bases). Así llama el autor y analista de política exterior Chalmers Johnson a la extendida red de campamentos que el país tiene en el extranjero, raras veces notada por los ciudadanos, pero considerada con resentimiento por gran parte del mundo. Oficialmente Estados Unidos posee 737 bases en todo el mundo, con un valor total de $127 mil millones de dólares y que cubren casi 2 800 kilómetros cuadrados en unos 130 países. Hace muchos años, se podía seguir la extensión del imperialismo contando las colonias”, escribió Johnson en su libro Némesis: los últimos días de la república norteamericana, de 2007. “La versión norteamericana de la colonia es la base militar”.
Johnson explica: “El propósito de todas esas bases es la ‘proyección de fuerza’, o mantener la hegemonía militar norteamericana sobre el resto del mundo. Ellas facilitan nuestra ‘labor policial’ del globo y la intención es garantizar que ninguna otra nación, amistosa u hostil, puede retarnos militarmente”. Desde el fin de la Guerra Fría, poseer tal poder incontestado es un basamento declarado de la política de defensa de EEUU.

Debemos preguntar ahora: ¿puede tal hegemonía mantenerse de manera creíble? En un nivel objetivo, el Presidente Bush forzó aún más severamente al imperio al ocupar múltiples países y crear una necesidad para más tropas de las que podían reclutar los militares. Kennedy hizo hincapié en este dilema en una entrevista en 2006 al decir: “Los generales norteamericanos dirían que sin lugar a dudas EEUU está sobrextendido”.

Pero aún más significativo es que Bush aumentó el costo político y económico del imperio al procrear la mala voluntad y la resistencia a Estados Unidos en todo el mundo. Un aspecto clave de la sobrextensión imperial es que se debe medir en forma relativa. No depende solamente de factores objetivos, como el tamaño de las fuerzas militares de EEUU, sino también en la manera en que otros actores internacionales deciden responder a las prerrogativas de la política exterior de Estados Unidos. Irónicamente, a medida que los “globalistas imperiales” neoconservadores dependieron más de la potencia de EEUU, terminaron por demostrar solo su impotencia. En Irak y Afganistán, Estados Unidos ha demostrado ser incapaz de crear estabilidad o suprimir la insurgencia con su poderío. Al igual que su fracaso en Viet Nam, el fiasco en el Medio Oriente ha envalentonado a la oposición. Los neoconservadores soñaron con un Irak como aliado democrático y plataforma para el poderío norteamericano en la región. En su lugar, el país es ahora un símbolo de la debilidad de la súper potencia.

La resistencia democrática también determina los límites relativos del imperio. Entre nuestros aliados, los ataques “con nosotros o contra nosotros” de la administración Bush al multilateralismo disminuyeron la disposición de otras potencias a soportar parte de la carga de las aventuras de EEUU en el exterior. Miembros de la comunidad internacional, asqueados del fracaso del globalismo imperial en producir verdadera seguridad, cada vez se niegan más a seguirlo. Esto ha dejado a Estados Unidos aislado políticamente con la perspectiva premonitoria de ser el único policía del mundo --una proposición humillante aún para una administración abiertamente carente de humildad.

Agitando el dólar
Puede que el Presidente Obama logre dar un giro de 180 grados al daño diplomático de los años de Bush, pero su administración se enfrenta a sus propios problemas. La proyección de la fuerza global requiere no solo de una enorme cantidad de capital político; en un nivel extremadamente fundamental, exige un tesoro financiero. Por tanto, el grado de sobrextensión también debe medirse en relación a la salud económica --algo que en este momento no abunda mucho. Muchos creerían que Estados Unidos, atrapado en una crisis financiera, estaría destinado a la bancarrota imperial.

Acostumbrado durante los últimos 15 años a llevar un gran déficit de cuenta corriente, Estados Unidos claramente ha estado viviendo por encima de sus posibilidades. Mientras su economía de burbuja se estuvo expandiendo, el gobierno dependió de inversionistas extranjeros para pagar su gasto militar excesivo. Y a nivel del consumidor, las familias se endeudaron con las tarjetas de crédito y pidieron prestado sobre el valor de sus viviendas para seguir consumiendo.
Era un estado de cosas insostenible, y la mayoría de las naciones nunca hubieran permitido que se mantuviera. El Fondo Monetario Internacional (FMI) hubiera criticado el caprichoso manejo de la economía y hubiera advertido a los acreedores que no invirtieran en ese país a no ser que el gobierno prometiera realizar reformas profundas. Incluso sin la influencia de la institución, los libros de texto de economía plantean que, al ver tales señales de debilidad económica, los inversionistas evitarían a ese país, la moneda caería, los consumidores no podrían ya darse el lujo de comprar tantos artículos extranjeros y la economía sufriría una dolorosa pero necesaria “corrección”. Las dificultades financieras y el descenso del nivel de vida lógicamente obligarían a un país a disminuir sus costosos gastos en el exterior.

Ahora que la crisis ha llegado, parecería que hace mucho debíamos haber examinado esos costos imperiales. Sin embargo, el estado de los mercados no es el único factor en juego. Al igual que en la esfera política, la capacidad de Estados Unidos para sobrevivir económicamente como un hegemónico depende en gran medida de si otros deciden apoyar, tolerar o resistir el presente orden de cosas.

¿Qué diferencia a Estados Unidos de otros países? Como súper potencia política y mayor economía del mundo, los dólares norteamericanos sirven como moneda de reserva para el resto del mundo. Otros países guardan su dinero en dólares porque creen que son más confiables que cualquier otra alternativa. Siempre y cuando otras naciones estén dispuestas a seguir convirtiendo el dinero en dólares, Estados Unidos puede financiar déficits aún mayores.
Irónicamente, un efecto de la crisis hasta ahora ha sido que sostenga una alta demanda del dólar. La lógica es sencilla. En una economía caótica, muchos inversionistas consideran a los bonos del Tesoro de EEUU como el único lugar seguro para poner su dinero --aunque las tasas de interés sean bajas. Pero esto no durará por siempre. Ya se escuchan ruidos de descontento que provienen de los mayores inversionistas. Mientras los líderes del mundo se reunían en Londres en la reciente cumbre del G-20, Zhou Xiaochuan, gobernador del banco central de China, propuso una nueva “moneda de reserva súper soberana” para sustituir al dólar.

Economistas progresistas como Paul Krugman y Dean Baker han debatido el significado de la reciente posición de China, y que es dudoso de que haya un abandono inmediato del dólar. Pero si otros países decidan cambiar su estrategia económica y busquen una nueva moneda de reserva, pudiera ser el punto de viraje para los planes imperiales de Estados Unidos. Washington solo tiene que consultar a Londres acerca de la gravedad del problema. Como muchos historiadores han observado, el imperio británico se deshizo cuando el mundo se alejó de la libra esterlina como moneda mundial.

La promesa y peligros de la multipolaridad
Aunque Estados Unidos soporte la crisis con su economía más o menos intacta, la mayoría de los observadores políticos creen que su poderío disminuirá en los años venideros, al menos en relación con el de otros países. La “multipolaridad” se ha convertido en la consigna del momento. En un orden multipolar ya no habrá una sola súper potencia, Estados Unidos, que diga la última palabra. En su lugar, Estados Unidos tendrá que funcionar dentro de una constelación de potencias políticas y económicas regionales.

Aún antes de la crisis financie, fuentes de inteligencia del gobierno norteamericano pronosticaron un significativo realineamiento internacional durante las próximas dos décadas. A principios de 2005, el Consejo Nacional de Inteligencia publicó un informe de 119 páginas titulado Mapeo del Futuro Global. Como reportó Slade, el documento argumentaba que en 2020 “Estados Unidos seguirá siendo ‘un importante conformador del orden internacional’ --probablemente el país más poderoso--, pero su ‘posición relativa de poder’ se habrá ‘erosionado’. Las nuevas ‘potencias arribistas’ --no solo China e India, sino también Brasil, Indonesia y quizás otros-- acelerarán esta erosión por medio de ‘estrategias diseñadas para excluir o aislar a Estados Unidos’ a fin de ‘obligarnos o engatusarnos’ para que juguemos según sus reglas”.

Estas predicciones están demostrando estar bien fundamentadas. Según The Independent, de Londres, la cumbre del G-20 presentó una versión del orden multipolar; fue “una cumbre que demostró el nuevo balance de poder”. Allí “la voz de Estados Unidos fue una más entre otras, aunque influyente… Por inclinación o necesidad, Estados Unidos después de Bush parece ver su lugar en el mundo de una manera un poco diferente: menos excepcionalismo norteamericano, en busca de mayor consenso. En el G-20, la presencia de China, India e Indonesia brinda un anticipo de un futuro orden mundial”. Sobresaliendo por sobre otras naciones, “China hizo su debut como potencia en ascenso”.

Los debates se suceden acerca del cambio multipolar. Algunos comentaristas se preocupan de que, simultáneamente con el ascenso del fascismo en el período de entre guerras, un colapso económico global pudiera traer al poder en muchos países movimientos reaccionarios y xenófobos. Y ya en los años de Bush, defensores conservadores del imperio, tales como Niall Ferguson, el historiador de Harvard, esparcieron el temor acerca de la posibilidad del fin de la unipolaridad. “Si Estados Unidos se retira de la hegemonía global --su frágil autoimagen herida por fracasos menores en la frontera imperial-- sus críticos en el país y en el exterior no deben imaginarse que están trayendo una nueva era de armonía multipolar, ni siquiera un retorno al viejo balance del poder”, escribió en Foreign Policy. “Desafortunadamente, la alternativa a una única súper potencia no es la utopía multilateral, sino la pesadilla anárquica de una nueva Edad Media”. El historiador alertó acerca de “Imperios declinantes. Renacer religioso. Anarquía incipiente. Un retiro futuro a ciudades fortificadas. Estas son las experiencias de la Edad Media que un mundo sin una hiperpotencia podía verse experimentado rápidamente”.

Por supuesto, los que más se lamentan de la pérdida de la “hiperpotencia” son los mismos que aclamaron la invasión de Irak. Y desafortunadamente, en su papel de hegemónico global. Estados Unidos apoyó a gobiernos represivos y antidemocráticos con tanta frecuencia como los combatió. Pero hay algo de advertencia justificada para los multipolaristas: la decadencia imperial no garantiza el progreso. Ciertamente, otras potencias en ascenso necesitarán estar sometidas al mismo nivel de escrutinio público y crítica democrática como los Goliat del pasado.
Pero aunque el rechazo tanto del modelo de globalización corporativo como el imperial puede que no sea suficiente para crear un orden global más justo, es necesario. La crisis económica actual, global por su alcance, traerá verdadero dolor para los trabajadores y para las comunidades económicamente vulnerables de todo el mundo, los que más sufrirán durante una “Gran Recesión”. Pero también hay esperanza en tiempos de crisis. La deslegitimización dual del imperio y del fundamentalismo de mercado ha creado más espacio para las alternativas globales del que ha existido desde el fin de la Guerra Fría. Ahora es el momento de difundir las visiones políticas y económicas que emergen desde abajo. Y es una oportunidad para Estados Unidos de construir una visión de relaciones internacionales más humildes, más igualitarias y más democráticas de lo que se ha buscado anteriormente en nombre de la libertad.

¿Una potencia más suave?
Estados Unidos, independientemente de sus problemas, no va a desaparecer. Los pronósticos de colapso por parte de la izquierda y la derecha generalmente imaginan la decadencia del imperio como un proceso más fijo y predeterminado que este. La debilidad económica en Estados Unidos, incluso el desplazamiento del dólar de la escena mundial, no significará que EEUU pasará a la irrelevancia de manera rápida y dramática. Estados Unidos sigue siendo con mucho la mayor economía del mundo y su poderío militar empequeñecerá en el futro previsible a los rivales en ascenso. Incluso en un entorno multipolar, Estados Unidos pudiera mantener su status como el “primero entre iguales” durante varias décadas.

Por tanto, más importante que determinar si Estados Unidos es un imperio es la cuestión de cómo Washington manejará la transición a una situación en que su relativo dominio ha disminuido. Debido a que el perfil de esta decadencia es muy variable, las decisiones de política exterior de la administración Obama siguen siendo relevantes.

Un peligro actual es que el Presidente Obama, aunque rechace el descarado unilateralismo de la administración Bush y guarde el puño del poderío duro de EEUU, regrese a una forma más suave de poder imperial. Bajo Bill Clinton, Estados Unidos usó a las instituciones multilaterales como el FMI, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio (OMC) como los instrumentos fundamentales de la política exterior. Aunque es manejado por economistas de cuello y corbata en vez de militares en uniforme de camuflaje, estos organismos ejercieron considerable control sobre otros países.

Las instituciones financieras internacionales obligaron a los países en desarrollo a cumplir con las recetas del “Consenso de Washington”, a fin de recibir apoyo económico. Estas políticas fundamentalistas de mercado benefician a una elite corporativa, mientras incrementan las desigualdades y producen un crecimiento muy limitado en los países donde son implementadas. Los mercados desregulados de la globalización corporativa también demostraron ser propensos a las crisis y produjeron choques sistémicos que fueron de las crisis financieras asiáticas de 1998 y 1999, al colapso económico de Argentina en 2001 y la crisis que comenzó con el colapso del sector no preferencial de la vivienda en EEUU.

Durante los años de Bush, el poder del FMI y del Banco Mundial disminuyó de manera dramática, en parte debido a los efectos de descrédito de las crisis anteriores, y en parte debido al desinterés de la administración Bush por invertir en estructuras multilaterales. La Casa Blanca de Bush, con su inclinación al poder duro unilateral, no apreció las ventajas de los instrumentos imperiales de Clinton y a veces los despreció abiertamente. George Monbiot, el periodista británico y columnista de The Guardian, describió esto con perspicacia como la “paradoja no aceptada de pensamiento neoconservador”. En una columna en abril de 2005 escribió que los operativos de la política exterior de Bush querían destruir el viejo orden multilateral y reemplazarlo con uno nuevo norteamericano. Lo que no podían comprender es que el sistema “multilateral” era en realidad una proyección del unilateralismo norteamericano, ingeniosamente presentado para conceder a otras naciones la suficiente libertad como para evitar que se opongan a él. Como sus oponentes, los neoconservadores no comprenden lo bien que Roosevelt y Truman conformaron el orden internacional. Ellos están buscando reemplazar un sistema hegemónico que es duradero y eficaz con uno que no ha sido probado y (porque otras naciones tiene que combatirlo) inestable. Cualquiera que crea en la justicia global debiera desearles buena suerte.

Para los críticos del FMI y el Banco Mundial, es un avance ver la manera en que decaen estos organismos. Pero ahora parece que a la labor de desmantelamiento del viejo orden hegemónico aún le falta mucho. El sistema de Bretton Woods puede que sea más duradero y eficaz de lo que Monbiot puede pensar.

Los sospechosos habituales
Actualmente, el descenso económico global está dando nueva vida a algunas de las instituciones que tuvieron mayor responsabilidad en la crisis. Los críticos temen que la administración Obama pueda usar estas instituciones para apuntalar la hegemonía norteamericana, aunque de una forma más sutil. Al hacerlo, sin dudas Obama parecería más progresista que Bush. Pero los elogios liberales estarían equivocados si las instituciones multilaterales que él reanime se mantienen fieles a sus prácticas pasadas.

En la Cumbre del G-20, los líderes reunidos se comprometieron a canalizar $750 mil millones o más a través del FMI en apoyo a los países en desarrollo, el triple de los recursos de las instituciones. Según The Independent de Londres, “si todo el mundo cumple su palabra, las instituciones, que parecieron estar al borde de la redundancia solo hace unos pocos años, pronto se verán repletas de nuevo efectivo y nuevas responsabilidades… El desprecio de la era de Bush por la ONU y otros foros multilaterales es algo del pasado. Al menos por ahora”.

Una interpretación positiva de estos hechos sería que el pueblo y las instituciones cambian junto con las condiciones políticas. “El Larry Summers de 2009 no es el Larry Summers de 1999”, suponiendo que el ex Secretario del Tesoro, uno de los principales globalistas corporativos en los años de Clinton, ayude a promover un programa económico mucho más progresista dentro de las circunstancias alteradas que le han permitido convertirse en el director del Consejo Nacional Económico de Obama. Optimísticamente, se puede esperar que el FMI tenga un renacimiento similar. Aunque en el pasado el Fondo empeoró la crisis financiera asiática al obligar a los países a recortar gastos y eliminar las regulaciones económicas, ahora se verá obligado a convertirse en una institución capaz de estimular el gasto y distribuir la generosidad keynesiana a los necesitados.

Esta opinión puede que no sea necesariamente ingenua. Con vistas a la cumbre del G-20, el Primer Ministro británico Gordon Brown delineó explícitamente un alejamiento de prácticas pasadas. “Demasiado a menudo”, reconoció, “nuestras respuestas a crisis anteriores han sido inadecuadas o mal encausadas al promover ortodoxias económicas que nosotros mismos no hemos seguido y que han condenado a los más pobres del mundo a una mayor crisis de pobreza”. Brown fue más allá en la propia cumbre del G-20 al declarar abiertamente: “el Consenso de Washington ha terminado”.
The New York Times reportó los cambios correspondientes en el seno del FMI:

Ya ha habido señales de cambio. A fines del mes pasado el FMI anunció una reforma de sus criterios de préstamos para hacer menos énfasis en la evaluación de la capacidad de un prestatario para cumplir con “criterios estructurales de desempeño”, la jerga del FMI para medidas tales como recortes de gastos y aumentos de impuestos. Los que apoyan al FMI dicen que el fondo ha aprendido la lección de la experiencia de trabajar con países asiáticos después de la crisis financiera de la región en 1998, y ahora tiene la posición de ofrecer crédito sin condiciones duras.

Sin embargo, hay muchas razones para sospechar. La costumbre del FMI de imponer condiciones dañinas no es ni con mucha historia antigua. Los acuerdos de rescate acordados durante el último año con países como Hungría, Letonia, Rumania y Pakistán han exigido a esos países que aumenten las tasas de interés, reduzcan los salarios y beneficios de los empleados públicos y eviten que los gobiernos centrales inyecten dinero en la economía --exactamente lo contrario de lo que exigiría cualquier plan real de “estímulo”.

El espaldarazo a la OMC por parte del G-20 fue igualmente problemático. A pesar de la historia de esa institución en la promoción de la desregulación neoliberal, los líderes del G-20 se comprometieron a proseguir las negociaciones actualmente estancadas.

Al comentar la declaración final de la cumbre, la abogada sindical Lori Wallach, directora de Vigilancia Pública Sindical Global del Ciudadano, argumentó que “Una página del comunicado identifica ‘grandes fracasos… en la regulación financiera y en la supervisión’ como ‘causas fundamentales de la crisis’… mientras que la página siguiente reafirma el compromiso de los líderes para concluir las negociaciones de la Ronda de Doha de la OMC que requieren de más desregulación de las finanzas”.

Los continuos fracasos de las instituciones financieras internacionales están relacionados con sus estructuras lamentablemente nada democráticas. En el FMI, las reformas de años recientes han realizado aperturas simbólicas del incremento del poder de voto de los países en desarrollo. Sin embargo, Estados unidos, con más de cuatro veces el poder de voto de China y con el único poder de veto, aún se encuentra firmemente al mando. Hay poca evidencia que sugiera que el Departamento del Tesoro de EEUU o las instituciones financieras internacionales sean capaces de promover una globalización verdaderamente democrática.

Ante todo, no hacer daño
Una medida clave para avanzar hacia una política exterior post-imperial sería el abandono de la idea de que Estados Unidos es ideal cuando interviene, militar o económicamente. La Casa Blanca de Obama tiene razón en rechazar el militarismo de la administración Bush. Pero al idear algo diferente debiera tener conciencia de “ante todo, no hacer daño”. Revivir una versión de la globalización corporativa bajo el disfraz del regreso al multilateralismo violaría esta máxima.

Mientras considera las alternativas, la administración Obama debiera reconocer que algunos de los procesos democráticos más dinámicos en el mundo han estado sucediendo en Latinoamérica, la cual recientemente ha experimentado una forma de abandono benigno. Aunque esta región tradicionalmente ha sido considerada como el patio trasero imperial de Estados Unidos, a menudo fue ignorada en los años de Bush, cuando Washington se dedicó al Medio Oriente. Los resultados han sido prometedores.

En la última década, los electores latinoamericanos se le han adelantado al Primer Ministro Brown en sus observaciones acerca de la disfunción del Consenso de Washington. En un país tras otro han elegido a nuevos líderes con mandatos para romper relaciones con las instituciones internacionales y seguir nuevas políticas económicas. Como resultado, aún antes de la actual crisis, países como Bolivia, que tiene una de las poblaciones más pobres del hemisferio, han estado ideando maneras más equitativas de distribuir la riqueza de los recursos naturales --y formas más democráticas de dar participación en el proceso político a las poblaciones indígenas, históricamente marginalizadas. Países como Argentina, que sufrió tremendamente bajo el neoliberalismo apoyado por Washington, han trabajado para desarrollar estructuras financieras regionales como alternativa para permitir una mayor independencia.

Un enfoque hacia dentro por parte de la administración Obama para manejar las implicaciones nacionales de la crisis económica sería bienvenido, en la medida en que permita tales experimentos. En ese caso, si la economía norteamericana aún sin paralelo, su alcance cultural y su red mundial de bases militares continuarán considerándose como un poder imperial --o si otro lenguaje más preciso describe su dominio dentro de un sistema emergente multipolar-- estará abierto al debate. Pero nos habremos acercado más al día en que los administradores extranjeros “iluminados” y “seguros de sí mismos”, con salacots o yugos de camisa, sean retirados permanentemente.

-- Mark Engler, analista de Foreign Policy In Focus, es el autor de Cómo dominar al mundo: la batalla que se acerca por la economía global (Nation Books, 2008). Se le puede contactar por medio del sitio web http://www.DemocracyUprising.com. Sean Nortz ayudó en la investigación para este artículo.

Traducido por Progreso Semanal.



EL mUNDO colapsa, China Crece




TomDispatch

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens


Introducción del editor de TomDispatch

¿Dónde llegará China en este siglo? Apenas puede haber una pregunta más importante. El colaborador regular de TomDispatch, Dilip Hiro, quien ha seguido de cerca los cambiantes equilibrios del poder global mientras la antigua “única superpotencia” del planeta se inclina hacia la decadencia, ofrece a continuación un vívido cuadro de una potencial superpotencia ascendiente que supera los malos tiempos cuando nos orientamos hacia un planeta multipolar.

Existe, sin embargo, una visión más negativa de adónde puede estarse orientando China. Consideremos, por ejemplo el reciente artículo de Peter Kwong: "No Reform or Relief in China," [Ninguna reforma o alivio en China] que sugiere un punto de vista mucho más deprimente de las circunstancias de ese país, o el fascinante reciente ensayo de James Fallows en Atlantic: "Interesting Times" [Tiempos interesantes], que presenta una China capaz de utilizar este duro momento económico (como EE.UU. podría no hacerlo) para lanzar un nuevo Gran Salto Económico Adelante, pero hace un impactante resumen de las malas noticias que esperan a China ahora mismo. Considero que Hiro es persuasivo en gran parte porque desde hace tiempo he estado convencido de que el poder de EE.UU. decae, pero tengo mis propias advertencias cuando se trata del éxito futuro de China. En primer lugar, soy bastante viejo como para recordar el período en los años ochenta en el que Japón era ungido anticipadamente como la nueva superpotencia económica del Planeta Tierra. (Entonces hubo incluso un libro muy recomendado intitulado “Japón como Número Uno: lecciones para EE.UU.”)

Tal vez China llegue realmente a ser el futuro número uno con muchas “lecciones para EE.UU.,” economía muy dependiente de las exportaciones depende profundamente, por el momento, de la suerte de la economía tambaleante de EE.UU. (y de la salud del dólar). Mientras tanto, el Partido Comunista de China, que mandó al diablo hace tiempo su ideología revolucionaria, ahora basa su régimen en un fundamento que puede ser resumido en una vieja frase post maoísta: “enriquecerse es glorioso” – y, por cierto, en el poder represivo del Estado. Es el gobierno de un partido extremadamente obligado a tener “éxito.” ¿Quién sabe qué podrá significar el impacto de un fracaso generalizado, gracias a un prolongado crac global o estadounidense?

Teniendo esto presente, quisiera presentar un tema pasado por alto. Hay muchas maneras en las que China, como civilización, impresiona por su singularidad. (Después de todo, ¿cuántos sitios en el planeta tuvieron tiendas de antigüedades en el Siglo XIV?) Pero hay algo en lo que seguramente es incomparable: su tradición de 2.000 años de vastas rebeliones campesinas milenarias en tiempos malos que partieron de áreas remotas y que amenazaron a dinastías tambaleantes.

Desde la rebelión de los turbantes amarillos de una secta mesiánica taoísta en el año184 de nuestra era a la revolución comunista de Mao ZeDong en los años treinta y cuarenta, esos levantamientos han sido innumerables. Una semejante rebelión campesina hizo caer a la dinastía Ming a mediados del Siglo XVII; la gran rebelión de los Taiping, dirigida por un gurú con una nueva religión propia, parcialmente cristiana, casi derribó a la siguiente dinastía Ching, en los años cincuenta y sesenta del Siglo XIX (se estima que 20 millones de personas murieron en ella); y en menor escala, la Rebelión de los Bóxer a fines del Siglo XIX, seguida sólo algo más de medio siglo después por la victoria de la revolución campesina de Mao.

Sí, Rusia tuvo algunas rebeliones campesinas, Brasil tuvo una en el campo, y Francia también tuvo su revolución así como su revuelta en la Vendée, pero no hay nada en la Tierra como la tradición rebelde de China.

Podéis estar seguros de que la actual dirigencia entiende bien esta historia; de ahí, aunque nadie en EE.UU. lo vea de esa manera, la reacción abrumadoramente represiva a la secta religiosa Falun Gong. También es indudable que sus dirigentes también entienden que la actual religión estatal de “crecimiento” es sacrosanta y, por el momento, peligrosamente suspendida por el aumento lo que llaman “incidentes masivos” (protestas). Se estima que ya hay unos 20 millones de trabajadores migrantes desocupados en el país. No es que se aproxime algo como una versión moderna, todavía inimaginable, de una rebelión campesina tradicional, pero en vista de la actual catástrofe económica y la historia de China, no puede ser excluida cuando tratamos de imaginar la suerte del país como una posible futura superpotencia.

Ahora, dejemos que Dilip Hiro nos presente lo que hace que China sea, a pesar de todo, económicamente notable, incluso en nuestro momento catastrófico. Tom

Contra todas las adversidades

El mundo colapsa, China crece

Dilip Hiro

En medio de la peor crisis económica desde la Gran Depresión, emerge un nuevo orden mundial – y su centro gravita hacia China. Las estadísticas hablan por sí solas. El Fondo Monetario Internacional (FMI) predice que el producto interno bruto del mundo (PIB) se reducirá en un alarmante 1,3% este año. Sin embargo, desafiando esa tendencia global, China espera un crecimiento económico anual entre un 6,5% y un 8,5%. Durante el primer trimestre de 2009, los principales mercados bursátiles del mundo combinados cayeron en un 4,5%. En contraste, el índice de la bolsa de Shanghái pegó un salto de sorprendentes 38%. En marzo, las ventas de coches en Chine llegaron a un récord de 1,1 millones, sobrepasando a EE.UU. por el tercer mes consecutivo.

“A pesar de su severo impacto sobre la economía de China,” dijo el presidente chino Hu Jintao, “la actual crisis financiera también crea oportunidades para el país.” Puede argumentarse que el actual tsunami fiscal ha dado a China, en los hechos, una posibilidad de descartar la principal línea directiva de su reformador pionero. “Ocultad vuestra capacidad y esperad,” así lo dijo el antiguo jefe del Partido Comunista, Deng Xiaoping. Ya no.

Reconociendo que ciertamente ha llegado su hora, Beijing ha decidido jugar un rol activo, intervencionista, en la arena financiera internacional. Respaldados por los 2 billones de dólares en reservas de divisas extranjeras de China, sus industriales han salido en una orgía global de compras en África y Latinoamérica, así como en las vecinas Rusia y Kazajstán, para asegurar futuros suministros de energía para su voraz economía. En casa, el gobierno invierte fuertemente no sólo en la importante infraestructura, sino también en su tan descuidada red de seguridad social, su sistema de atención sanitaria, y proyectos de desarrollo rurales pasados por alto durante mucho tiempo – en parte para colmar la brecha cada vez más amplia entre los niveles de vida rurales y urbanos.

Entre los impresionados por los progresos que Beijing ha hecho desde el lanzamiento de su paquete de estímulo de 585.000 millones de dólares en septiembre, se encuentra el gobierno de Obama. Considera el continuo aumento del PIB de China como un correctivo efectivo para la contracción del PIB de casi todas las demás grandes economías del planeta, con la excepción del de India. De modo que ha dejado de argüir que, al infravalorar su divida – el yuan – respecto al dólar de EE.UU., China hace que sus productos sean demasiado baratos, colocando así los productos competidores de EE.UU. en una situación de desventaja en los mercados externos.

El secreto del éxito de China

¿Cuál es el secreto del continuo éxito de China en los peores tiempos? Para comenzar, su sistema bancario – controlado por el Estado y repleto de dinero – ha abierto plenamente sus llaves de paso para préstamos, mientras el crédito bancario en EE.UU. y en la Unión Europea sigue trabado, si no totalmente cortado. Por lo tanto, los gastos de consumo y de inversión de capital han aumentado fuertemente.

Desde que China se lanzó hacia la liberalización económica bajo el liderazgo de Deng Xiaoping en 1978, ha vivido altos y bajos económicos, incluyendo una alta inflación, deflación, recesiones, un desarrollo disparejo de sus regiones, y una creciente brecha entre ricos y pobres, así como entre la población urbana y rural, - características todas asociadas con el capitalismo.

Aunque los dirigentes comunistas chinos han reaccionado con una gama familiar de instrumentos fiscales y monetarios como ser el ajuste de tasas de interés y el suministro de dinero, han logrado los resultados deseados más rápido que sus homólogos capitalistas. Se debe primordialmente al sistema bancario controlado por el Estado, en el que, por ejemplo, los bancos de propiedad estatal actúan como depositarios para los ahorros obligatorios de todos los empleados.

Además, la ley de “una pareja, un niño,” promulgada en 1980 para controlar la explosión de la población de China, y una rápida disminución en la red de apoyo social del Estado para empleados en empresas de propiedad estatal, obligaron a los padres a ahorrar. Si a esto se agrega el anterior colapso de un programa de seguro de salud cooperativo rural dirigido por cooperativas y comunas agrícolas – muchos de los padres chinos se quedaron sin una garantía de que se les cuidara en sus años avanzados. Resultó ser un incentivo adicional para ahorrar dinero. El aumento resultante en los ahorros llenó los cofres de los bancos controlados por el Estado.

A eso se agregó la admisión de China a la Organización Mundial de Comercio (OMC) en 2001, que condujo a un aumento dramático de sus exportaciones. Una expansión económica promedio de un 12% por año se convirtió en la norma.

Cuando el desplome crediticio en Norteamérica y la UE causó una baja considerable de las exportaciones de China, privando de trabajo a millones de trabajadores migrantes en las industrializadas ciudades costeras, las autoridades en Beijing se concentraron en el control de la tasa de desempleo y en el mantenimiento de los salarios de los que contaban con trabajo. Pueden ahora reivindicar una tasa de desempleo urbano de sólo un 4,2% porque muchos de los trabajadores industriales despedidos volvieron a sus aldeas. Los que no lo hicieron fueron alentados a alistarse en programas de readaptación patrocinados por el gobierno para aumentar sus capacidades a fin de conseguir mejores puestos de trabajo en el futuro.

Mientras la mayoría de los dirigentes occidentales no hicieron otra cosa que reprender a banqueros que se llenaban los bolsillos con bonificaciones mientras las hojas de balance de sus compañías se teñían de rojo, el gobierno chino obligó a los máximos gerentes de las principales compañías de propiedad estatal a reducir sus salarios entre un 15% y un 40% antes de tocar la remuneración de su fuerza laboral.

Para asegurar la continua y rápida expansión de la economía de China, que está directamente relacionada con el nivel de consumo de energía del país, sus dirigentes están suscribiendo muchos contratos para futuros suministros de petróleo y gas natural con corporaciones extranjeras.

Seguridad energética

Una vez que China se convirtió en importadora de petróleo en 1993, resultó ser voraz. Sus importaciones se duplicaron cada tres años. Esto la hizo vulnerable a los caprichos del mercado internacional del petróleo y llevó al gobierno a introducir la seguridad energética en su política exterior. Decidió participar activamente en proyectos de exploración de hidrocarburos y de producción de energía en el extranjero así como en la construcción transnacional de oleoductos. A estas alturas, la diversificación de las fuentes extranjeras de petróleo y gas de China (así como su transporte) se ha convertido en un principio cardinal de su ministerio de exteriores.

Consciente de la volatilidad de Oriente Próximo, la principal fuente de exportaciones de petróleo, China ha buscado por todas partes depósitos de petróleo y de gas natural en África, Australia y Latinoamérica, junto con otros minerales necesitados por la industria y la construcción. En África, se concentró en Angola, Congo, Nigeria, y Sudán. En 2004, las importaciones de petróleo de esas naciones de China tenían tres quintos del tamaño de las de la región del Golfo Pérsico.

Más cerca de casa, China comenzó a concluir acuerdos energéticos con Rusia y la república centroasiática de Kazajstán mucho antes del impacto del actual colapso de los precios del petróleo y de la crisis crediticia global. Ahora, recuperándose del doble contratiempo de los bajos precios de la energía y de las restricciones crediticias, la principal compañía petrolera y operadora de oleoductos de Rusia acordó recientemente suministrar 300.000 barriles por día (bpd) adicionales de petróleo a China durante 25 años a cambio de un préstamo de 25.000 millones de dólares del Banco de Desarrollo de China, controlado por el Estado. Del mismo modo, una subsidiaria de la Corporación Nacional del Petróleo de China acordó prestar a Kazajstán 10.000 millones de dólares como parte de una sociedad conjunta para desarrollar sus reservas de hidrocarburo.

Del mismo modo, Beijing continuó sus avances en las regiones de petróleo y gas de Sudamérica. A medida que empeoraban las relaciones entre la Venezuela de Hugo Chávez y el gobierno de Bush, los lazos con China se fortalecían. En 2006, durante su cuarta visita en Beijing desde llegar a la presidencia en 1999, Chávez reveló que las exportaciones de petróleo de Venezuela se triplicarían en tres años a 500.000 bpd. Junto con un proyecto de refinería conjunta para tratar petróleo venezolano en China, las compañías chinas hicieron contratos para construir una docena de plataformas de perforación de petróleo, suministrar 18 buques tanque, y colaborar con PdVSA, la compañía petrolera estatal venezolana, para explorar nuevos campos petrolíferos en Venezuela.

Durante la visita a Sudamérica del vicepresidente chino Xi Jinping en enero de 2009, el Banco de Desarrollo de China acordó prestar a PdVSA 6.000 millones de dólares a cambio de petróleo que será suministrado a China durante los próximos 20 años. Desde entonces, China ha acordado doblar su fondo de desarrollo a 12.000 millones, a cambio de lo cual Venezuela aumentará sus embarques de petróleo de los actuales 380.000 bpd a un millón de bpd.

El Banco de Desarrollo de China decidió recientemente prestar a la compañía petrolera de Brasil 10.000 millones de dólares que serán pagados con suministros de petróleo en los próximos años. Esa cifra es casi tanto como los11.200 millones de dólares que el Banco Interamericano de Desarrollo prestó a varios países sudamericanos el año pasado. China había establecido anteriormente su presencia comercial en Brasil, ofreciendo precios lucrativos por su mineral de hierro y la soja, materias primas que han alimentado el reciente crecimiento económico de Brasil.

De modo similar, Beijing abrió nuevos horizontes en la región al dar acceso a Buenos Aires a más de 10.000 millones de dólares en yuanes. Argentina es uno de los tres mayores socios comerciales de China que obtuvieron esa opción, siendo los otros Indonesia y Corea del Sur.

¿Será el yuan una moneda internacional?

Sin mucha fanfarria, China ha comenzado a internacionalizar el papel de su divisa. Está en camino a aumentar el papel del yuan en Hong Kong. Aunque forma parte de China, Hong Kong tiene su propia moneda, el dólar de Hong Kong. Ya que Hong Kong es uno de los mercados financieros más libres del mundo, el acuerdo proyectado ayudará a internacionalizar el yuan.

En retrospectiva, un aspecto importante de la Cumbre del G-20 en Londres a comienzos de abril se centró alrededor de lo que hizo China. Dio a conocer públicamente su análisis en profundidad de la actual crisis fiscal y ofreció una solución audaz.

En un impresionante artículo en línea, Zhou Xiaochuan, gobernador del banco central de China, se refirió a las “crisis financieras globales cada vez más frecuentes” que han involucrado al mundo. El problema podía ser rastreado a agosto de 1971, cuando el presidente Richard Nixon sacó al dólar del estándar oro. Hasta entonces, 35 dólares compraban una onza de oro almacenado en barras en Fort Knox, Kentucky – la tasa fijada en 1944 durante la Segunda Guerra Mundial por los Aliados en una conferencia en Bretton Woods, Nueva Hampshire. Entonces, el dólar también fue nombrado divisa de reserva del globo. Desde 1971, sin embargo, no ha sido respaldado por nada más tangible que el crédito de EE.UU.

Un vistazo a la última década y media muestra que sólo entre 1994 y 2000, hubo crisis económicas en nueve países importantes que impactaron a la economía global: México (1994), Tailandia-Indonesia-Malasia-Corea del Sur-las Filipinas (1997-98), Rusia y Brasil (1998), y Argentina (2000).

Según Zhou, las crisis financieras resultaron cuando las necesidades interiores del país que emite una divisa de reserva entraron en conflicto con los requerimientos fiscales internacionales. Por ejemplo, como resultado de la desmoralización causada por los ataques del 11-S, el Consejo de la Reserva Federal de EE.UU. redujo drásticamente las tasas de interés a un nivel casi récord de 1% para impulsar el consumo interior, en circunstancias en las que economías en rápida expansión fuera de EE.UU. necesitaban tipos de interés más elevados para calmar sus tasas de crecimiento.

“La [actual] crisis necesita nuevamente una reforma creativa de la divisa de reserva internacional existente,” escribió Zhou. “Una divisa súper-soberana de reserva administrada por una institución global podrá ser utilizada para crear y para controlar la liquidez global. Eso reducirá significativamente los riesgos de futuras crisis y realzará la capacidad de gerenciamiento de la crisis.”

Luego aludió a los Derechos Especiales de Giro (SDR) del Fondo Monetario Internacional. Los SDR constituyen una divisa virtual cuyo valor es fijado por un “canasto” de divisas compuesto del dólar de EE.UU., el euro europeo, la libra británica, y el yen japonés, todos los cuales se cualifican como divisas de reserva, y el dólar es el líder. Desde que se inventaron los SDR en 1969, el FMI ha mantenido sus cuentas en esa moneda.

Zhou señaló que todavía no se ha permitido que los SDR jueguen plenamente su papel. Si se realzara ese papel, argumentó, podrían convertirse un día en la divisa global de reserva.

La idea de Zhou recibió una reacción positiva del Kremlin, que sugirió que se agregara el oro al canasto de divisas del FMI como elemento estabilizador. Su propia divisa, el rublo, ya está estabilizado en un canasto que consiste un 55% del euro y un 45% del dólar estadounidenses. Dentro de una década de su lanzamiento, el euro se ha convertido en la segunda reserva más usada del mundo, con cerca de un 30% del total en comparación con un 67% del dólar.

La reacción inmediata del Secretario del Tesoro, Timothy Geithner, al artículo de Zhou fue: “La sugerencia de China merece una cierta consideración.” Los nerviosos mercados financieros en EE.UU. lo tomaron como una señal del Secretario del Tesoro de que el dólar estaba perdiendo su primacía. Geithner dio marcha atrás. Y el presidente Obama salió a la palestra diciendo: “No pienso que haya necesidad de una divisa global. Ahora mismo el dólar es extraordinariamente fuerte.”

En realidad, manteniendo la acostumbrada discreción china, Zhou nunca mencionó la condición del dólar de EE.UU. en su artículo, ni siquiera implicó que el yuan debería ser incluido en la divisa súper-soberana que propuso. Sin embargo, es obvio para todos que, en un momento crucial – cuando los dirigentes del mundo están a punto de reunirse en Londres para encontrar un camino para neutralizar la crisis fiscal más severa desde la Gran Depresión – una China que había aguardado su oportunidad, a pesar de que tenía la tercera economía por su tamaño del planeta, estaba mostrando una mano firme.

Todas las señales apuntan a que Washington no logrará recuperar el status quo después de que la actual “gran recesión” haya terminado al ceder el paso a la recuperación. En los próximos años, sus dirigentes tendrán que enfrentar la realidad y conceder, aunque sea renuentemente, que las placas tectónicas económicas se están moviendo – y que están perdiendo el poder financiero a favor de las prósperas regiones de la Tierra, la principal de ellas, China.

-------

Dilip Hiro es autor de “Secrets and Lies: Operation "Iraqi Freedom” y, más recientemente de “Blood of the Earth: The Battle for the World's Vanishing Oil Resources,” ambos publicados por Nation Books. Su próximo libro: “The Rise of a Multipolar World” será publicado este año por Nation Books.

Copyright 2009 Dilip Hiro

http://www.tomdispatch.com/post/175067/dilip_hiro_the_newest_superpower

Contactos:

Cubículo 114 bis de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM

drevolucionaria@yahoo.com.mx

elcerebro.com